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Monday, December 22, 2008

Textos desde la esperanza

Mi corazón es un lugar habitable

Se me vino la viejera encima. Esta noche, hablando con una de las tantas personas a las que quiero, me di cuenta que mi corazón es más grande y un lugar más amable porque ha sido habitado por amigos y amigas.

Se ha permitido querer y recibir. Mi familia, mi gente, han hecho que la mirada de los ojos sea insuficiente para mi vida.

Como decía mi bro, por ahí, es momento de dar gracias… siempre es época de dar gracias.



"Hacer algo por cambiarlo"
- ¡Pero Christiane! –le dije-, ¡Si las relaciones humanas son relaciones de poder, así ha sido siempre!
- Sí –me respondió-. Las relaciones humanas son relaciones de poder. Pero tú y yo que lo sabemos, debemos hacer algo por cambiarlo.

La charla tuvo lugar en el 96’, hace doce años. Nunca he olvidado esa frase que me respondiera la mamá de la que entonces era mi novia y que con el tiempo se convirtió en mi hermana.

Aplicable a todas las cosas que nos señalan como imposibles, inamovibles, o como absolutas. Siempre me han dicho que las cosas son así y por lo tanto no hay nada que pueda hacer por cambiarlas. Siempre me encuentro con una cara de sorpresa cuando establezco un punto que parece absurdo, por lo difícil de la tarea.

Me imagino qué sería de este mundo, cada día más escaso de esperanza, de ideales, si Luther King, Ghandi, Malcom X, el Ché, Mandela, hubiesen cedido a ese tipo de afirmaciones.

Yo quiero pensar que nada es imposible. Quiero convencerme a mí mismo de que hay motores más fuertes que el odio, la envidia, la codicia o el escepticismo. Al menos déjenme creer en eso, ya que no creo en dioses que me solucionen la vida. Cada uno cree en lo que le genere energía para seguir adelante. Yo creo en que este mundo es transformable, y si no, miren en lo que lo han transformado… ¡Pues ha llegado nuestro turno!

Tuesday, December 02, 2008

El centro del mundo

Foto/Atardecer en Quito Loma. Centro Militar de los Quitu Caras (cultura preincaica del Ecuador). Descubrieron el Ombligo del Mundo (Quito).

El ácido Édgar (www.elgrandesparche.blogspot.com) me relegó al final de su lista de recomendados con el argumento de que hace tres meses no publico. Bueno, la verdad es que ya agradezco el solo hecho de que me mantenga en su lista, puesto que este espacio que pretendía ser una convocatoria a la acción, en realidad se ha convertido en una mera botadera de corriente y a veces un desfogue para mi alma.
La verdad es que éste ha sido, en algunos aspectos, un año sabático y en otros uno que ha puesto a prueba mis convicciones. El viajecito que me he pegado, que comenzó en Colombia, siguió en Ecuador (siete meses), continuó en Perú (un mes), y ahora sigue en Bolivia (ya llevo un mes y no se cuánto más me quede), me ha permitido seguir viendo lo muy cortos de vista que somos.
Siempre nos sentimos el centro del mundo, pero al mismo tiempo no nos sentimos merecedores de semejante responsabilidad. Creemos que nuestros problemas son únicos y nos sentimos incapaces para semejante tarea. Al mismo tiempo, miramos a nuestros vecinos como mediocres o inferiores, pero desearíamos ser gringos o europeos para salir de nuestra mediocridad.
Obvio que la esencia de la gente de nuestro continente es de un alma libre de contaminantes, aún. Nuestra esencia es pura, porque no tenemos la sangre contaminada del embriagante súmmum del poder. Pero me cabe la duda si la mantendríamos así si lo poseyéramos. De cualquier forma es que hasta para abusar somos inocentes palomas (recordemos que estas son aves de rapiña y carroñeras, mas no por eso peligrosas). Estamos enfrascados en resolver problemas menores, mientras que el verdadero poder se sigue apoderando de nuestras mentes y aspiraciones.
En el trato cotidiano, somos personas amables, solidarias, alegres y dispuestas a abrir nuestros corazones a la primera sonrisa que recibimos y percibimos con sinceridad. Pero al mismo tiempo nos creemos vivos cuando cobramos 10 unidades de moneda más por una carrera de taxi al “cara de gringo”, que asumimos con el bolsillo lleno de plata por el sólo hecho de ser extranjero. Si nos colamos en la fila del cine porque vimos a un conocido que sí tuvo la precaución de llegar temprano al estreno de Quantum of Solace, del famoso agente secreto. O simplemente si nos hacemos los tórtolos cuando nos toca el turno de lavar los platos (reconozco que es mi principal debilidad).
Por un lado amo a la gente del común, la que no se ve nunca en los restaurantes caros, pero por otro me da miedo pensar en lo que somos capaces de hacer si tenemos la oportunidad, -y ojo, que me encantan los restaurantes caros, también-. Nos hemos tragado completita la mentira de la ‘malicia indígena’, que en definitiva en nada se parece a la idiosincrasia de los primeros habitantes de nuestro continente, quienes sí tienen una conciencia de comunidad que influye en la transformación del individuo, en aras del bien común.
Nos metieron la cultura del ‘vivo’ bien adentro y somos incapaces de reconocer la corrupción cuando la experimentamos con 'normalidad' en la vida cotidiana. Cuando cobramos más de lo justo, cuando nos quedamos con el vuelto, cuando nos aprovechamos de la buena voluntad de quienes nos quieren dar la mano.
Nos consideramos el centro del mundo, cosa que no es mentira puesto que el centro de una naranja (como nos han dicho que es la Tierra) está donde hunda uno el lápiz. Eso querría decir que tenemos la capacidad de transformar desde adentro hacia fuera, pero… ¡De qué manera transformamos! Me encuentro a diario con personas desilusionadas, rendidas al sistema, que abandonan sus sueños, que han sido convencidas de que hay un sistema que no puede ser transformado y mejor se suman al pragmatismo imperante, el que nos reza que hay que producir y hacer que el mundo siga girando en la misma dirección.
En definitiva, seguimos perpetuando las mismas formas de relación colectiva que nos impusieron cuando nos conquistaron por primera vez: ¡Bonito legado!
Somos el centro del mundo, desde aquí se hundió la piedra que generó los aros en el centro del lago, y las ondas que se expanden son la esencia de lo que contagiamos a nuestro entorno inmendiato y así hacia afuera. Si en lugar de centro, nos convertimos en la onda de lo que rechazamos, pero lo miramos con desesperanza como una roca inamovible: ¿Qué carajos nos espera?
La esencia de lo que somos, de lo que podemos ser, es la única esperanza que nos queda, pienso yo. Pero suelo pensar estupideces que no tienen asidero en la realidad. Aunque sigo creyendo que el principal triunfo de quienes imponen su ilógica en las relaciones humanas universales, es haber extirpado las esperanzas e ideales de las cabezas y corazones humanos. ¡Una cirugía perfecta! ¡Sin dolor, sin resistencia! Sin reticencia.