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Saturday, January 05, 2008

Otra noticia de esas

Volví a recibir una noticia de esas. Uno de mi generación, de la misma que se jugó las pelotas, los ovarios y la vida misma por un sueño, dejó este mundo para irse a quién sabe dónde. Allá donde un futuro posible le abra las puertas de la esperanza una vez más. Una de esas personas inspiradoras se fue por mano propia, a manera de dulce eutanasia, decidió parar con la angustia de una vida densa en este mundo inmundo.

El Billy le llamaban y se hacía llamar, fue uno de tantos, pero grande como pocos. Fue un historiador de esos convencidos de que la educación es un primer paso para la libertad. Esa libertad restringida por las desigualdades que supo combatir con elocuencia y convicción; con rebeldía y coherencia, transportando su sueño a los corazones de sus estudiantes y compañeros(as).

El Billy, Guillermo Billeke Calderón, decidió terminar con su vida en esta tierra tras luchar mucho, pero tanto va el cántaro al agua que al final, de alguna forma, por alguna parte se resquebraja, se quiebra y se rompe.

¡La vida tiene que vencer, hermano, como la utopía debe imponerse ante el curso de la historia!, le dije a un hermano de la vida hace unos minutos. “Que la vida se abra paso, eso es lo importante, cada año es para hacer algo, si no lo hemos hecho, es de flojos”, me contestó. Como el Billy que cada año hizo algo, cada mes, cada semana y cada día. Y el curso de esta historia reciente, de temores vívidos y somnolencia permisiva de un Chile boyante y desproporcionado, seguía –sigue- imponiéndose vergonzosamente ante los ojos cómplices de los brazos que se cruzan y las mentes que se aturden.

Mi dolor ha sido raro, no como otras veces, mi dolor por la pérdida de chilenos y chilenas de un valor indeterminado, de ese valor que no cuantifica el Producto Interno BRUTO, me ha tenido en mi casa tomando “caldo de cabeza”. Me tiene triste esto del Billy, y sobre todo esto de la vida que se escurre entre los pliegues de la vergüenza. La de un país que mientras más rico más pobre en conciencia.

Lo que deja el Billy, además de su descendencia, es la certeza de que en Chile poco importan los sueños. Que en Chile la democracia es sierva de unos pocos que siguen siendo los mismos, o incluso menos que antes.

El Billy se ha ido y no volverá. Queda su recuerdo, su impronta y su convicción de antes. La que nos pone a pensar, a doler y a revolcar.

Buen viaje, hermano. Otros vientos tendrán que soplar.