
Foto tomada de:
www.elangelcaido.org/comunicacion/029/11septiembre01.jpg¡No lo puedo creer! Han pasado 34 años desde que Augusto Pinochet Ugarte, auto proclamado comandante en jefe del Ejército, se tomó el poder junto a sus escuderos: César Mendoza Durán, General, Director de Carabineros de Chile; José Toribio Merino Castro, de la Armada Nacional, y el oscuro general Gustavo Leigh, al frente de la Fuerza Aérea de Chile.
Estos nombres, valientes soldados (como versa el himno nacional), se tomaron el Palacio de La Moneda un 11 de septiembre, e hicieron frente con tanques, tanquetas, hombres fuertemente armados de Carabineros y el Ejército, sin contar los cazabombarderos que a su vez bombardearon desde el aire, a un grupo de resistentes, en su mayoría civiles, entre los que se encontraba el presidente Salvador Allende Gossens, armados con subametralladoras, escopetas y armas cortas. Sólo les faltó mandar un acorazado de la armada para tan temible hazaña.
Lo que vino después es ampliamente conocido: Personas desaparecidas, torturadas, asesinadas, exiliadas, etcétera, etcétera, etcétera… Podría dar cifras pero no quiero caer en el tema de los números, ni en el debate en el que nos pretenden hacer entrar cuando justifican una debacle como esta en aras del bien de una mayoría versus el sacrificio de una minoría. (Es que ni siquiera está claro que sea una minoría).
Quiero recordar el Chile del que hablaban las canciones, de los buenos anfitriones, de lo festivos que éramos antes de que mi cerebro pueda recordar y de lo que dejamos de ser y lo sub humanos que somos como país hoy en día.
Quiero imaginar si algunos de mis amigos podrían estar vivos si esto no hubiera pasado, o los amigos de mis amigas, o las parejas de tantos y tantas que nublaron el corazón de tantos y tantas más. El 11 de septiembre será siempre una fecha oscura para nosotros, una generación de adolescentes que no lo fuimos, que andábamos pensando en lo que vendría si sacrificábamos tantas cosas de la juventud por algo que no vivimos, y no viviremos. Que jugamos a ser grandes y pensamos que estábamos para grandes cosas aunque nunca las viéramos.
Con la conciencia de que la muerte podía encontrarles, tantos y tantas héroes y heroínas de esas que se ven en las películas, pero que nunca se han reconocido, dejaron su vida, o algo de lo mejor de sus vidas, por restablecer esa alegría que nunca vino.
Hoy en día muchas personas que jugaron con nuestros sueños se regocijan en un puesto de trabajo en el Ejecutivo de la doctora Bachelet. Hoy en día dicen que el gobierno de 'izquierda' de ella hará un país más justo pero con calma, y despacito. Tan despacito que ya han pasado más de 18 años desde que se fue ese señor y todavía hay hambre, inaccesibilidad a la educación y largas filas para que atiendan a los ancianos en los consultorios de salud.
Un país rico, el más rico de América Latina, en que se mueren dos ancianos de frío en sus casas porque no tuvieron con qué abrigarse este invierno que se acaba.
Ése es el país que heredamos de esa lucha contra la amenaza comunista que emprendieron los señores generales. Esa hazaña de la que, hasta el día de su muerte, cómodo en su cama, se sintió orgulloso el general comandante en jefe de las fuerzas armadas (escribo a propósito con minúsculas), luego de que se comprobó su enriqueicimiento ilícito (como un vulgar ladrón) y lo que todos sabíamos -excepto, quizás, los que no querían ver, aunque eso no les excuse-.
Son tantas las cosas que se podrían comentar. Son tantas las etapas que nos saltamos algunos, pero tantas más las que se saltaron otros y otras. Son tan oscuros los episodios y seguimos, como mayoría, volteando la vista sin querer que eso nos toque o nos culpe.
Sí, ya sé que hay quienes desean voltear la página, que no quieren seguir pensando en esto, al fin y al cabo ya son 34 años. ¡Hasta cuándo? Preguntan.
¿Hasta que al menos seamos capaces de mirar a la cara a los exiliados de esta democracia ficticia y mojigata que sigue escondiendo su responsabilidad en la validación que le da un sistema electoral impuesto por la dictadura?
¿Hasta que dejen de desconocer el derecho a reclamo que tiene la gente del común cuando el sistema los desconoce sistemáticamente? ¿Hasta que el nuevo gobierno al menos reconozca su incapacidad de dejar atrás el sistema autoritario que heredamos, el que combatieron y que ahora defienden en la práctica?
Yo no sé hasta cuándo en realidad. Pero me da vergüenza pensar que la democracia chilena distribuye sus riquezas entre una inmensa minoría y la gente del común sigue en las mismas: ¡Jodida!
Sigo pensando que esta es una fecha nefasta. Sigo pensando que es increíble que una de las principales arterias viales de Santiago se llame 11 de septiembre como si fuera un motivo de orgullo y la gente se pasee por ella sin siquiera cuestionarlo. Sigo sintiendo que somos mojigatos, cobardes y rastreros. Y me sigue doliendo esto, tal vez porque hago parte de los que no fuimos capaces de cambiarlo.